jueves, 18 de agosto de 2016
Recuerdos de "la San Francisco"
Sobre la Avenida Jiménez entre las carreras sexta y séptima en Bogotá se encuentra uno de los lugares más tradicionales de la ciudad y uno de los más importantes para los amantes de los bolos, la bolera San Francisco.
Allí todo es magia. Desde su entrada, que como la caverna en que Alí Babá guardaba sus tesoros yace en el fondo de una gruta, guardada por un puesto de empanadas y un aroma a humedad que a quien es asiduo visitante le acelera el corazón al tiempo que le congestiona la nar... ¡Un momento! Esto cambió. !Ya no huele a humedad, ya no se ve la pintura descascarada de hace 50 años, ya no está el puesto de empanadas y ahora hay una chica muy linda que invita a entrar al restaurante!
...
Mi memoria me lleva al pasado: unas escaleras viejas con un barandal en madera marcan el camino hasta un descansillo desde el que ya se puede vislumbrar el coqueto borde de una mesa clásica de billar y la asombrada exclamación muda de una rana plateada que yace expectante y hambrienta en su verde laguna poblada de huecos.
Solo es descender los últimos peldaños para escuchar el rumor cómplice de la madera que cubre el piso y nos recuerda el respeto que se le debe a tan histórico edificio. Uno, dos, tres pasos y detrás de una sucia columna que aún conserva vestigios de su primera mano de pintura, se ven llamativos murales de colores con exóticos escenarios de una Bogotá antigua y olvidada, un mueble en madera que recuerda un café santafereño, con sus copas durmiendo vacías boca abajo, las botellas incólumes ante el polvo y el paso del tiempo, y finalmente, allí, a lo lejos, justo enfrente, pulidas y ansiosas, las pistas de bolos en cuyo final se adivina una sombra tímida detrás de los diez pines o pinos ubicados en religiosa formación de punta de lanza; es decir, un valiente en cabeza, dos arriesgados que lo apoyan, tres que los siguen y cuatro que cubren la retaguardia, mientras dan la espalda al gigantesco abismo en el que inevitablemente caerán para descansar en el fondo, hasta el momento sublime en el que un ángel acalorado, de manos sucias y sudorosa camiseta los rescate para cruelmente volver a ponerlos como carne del cañón del parroquiano siguiente en lanzar.
La bolera San Francisco es considerada la más antigua bolera de Latinoamérica, y hace honor a su tradición al carecer de sistemas electrónicos. Allí el conteo es manual, las matemáticas olvidadas al salir del bachillerato vuelven a buscar su espacio en la memoria y los dedos, acostumbrados a escribir en computador son torpes al empuñar los lápices Berol Mirado No.2 con que se llenan las planillas de juego.
El olor a humedad impregna todo el lugar, no hay mucha ventilación pero el ambiente es rico en remembranzas. Pareciera que al voltear la cabeza para mirar la pista de al lado se fuera a encontrar con un cachaco de vestido, gabardina y paraguas o una señora levantando sus enaguas y caminando en puntillas para el approach.
Pero un grito de ¡chuza!, acompañado del veloz pase de tap que hacen los pinos al caer, hace volver a la realidad y mirar al dependiente, quien con una sonrisa pregunta cuántos pares de zapatos y en qué números debe alcanzar. ¿cuántos pies se habrán sumergido en ellos? ¿cuántos ganadores habrán impregnado con su sudor heroico esas plantillas tras una batalla campal -o lineal tal vez-?
- Dos pares, número 37 y 42, por favor. ¡Ah! y dos cervezas. Gracias-. Comienza una maravillosa noche de bolos en "la San Francisco".
...
Vuelvo al presente.
Ahora parece que "la San Francisco" se ha transformado en un hermoso restaurante. Mientras bajo las escaleras percibo que ya no hay olor a humedad y que ahora huele a presente prometedor, con un leve toque de pasado glorioso. Justo enfrente hay una tina de baño antiguo, llena de pinos que evocan épocas anteriores. El techo es amplio y bajo este hay una serie de mesas y sillas que forman un acogedor espacio. Hasta aquí se siente el aroma de las especias, el gusto sencillo del sazón que emana de la cocina.
Termino de descender y encuentro que el restaurante está dividido en ambientes, de una forma inconscien.... ¡Oh, Dios mío, todavía se conservan dos de las líneas de bolos! ¿Qué bien! ¡Me encanta! Es una excelente sorpresa que nos alegra la noche.
Nos sentamos y miramos la carta, mientras la mirada se concentra en quienes juegan, en sus lanzamientos y en cómo disfrutan. Los platos son sencillos, nada pretenciosos, platos sencillos a precios adecuados para cualquier bolsillo. Pedimos y esperamos. Poco después nos traen como entrada unos patacones en una taza antigua, una especie de pequeña bacinilla como de porcelana, como para guardar el toque de antaño. Muy ricos.
La comida estuvo bien, no es maravillosa pero tiene muy buen sabor, buena presentación y excelente servicio. La verdad no le presté mucha atención. No vine a eso. No vinimos a eso.
Lentamente, con ansía muy mal escondida me acerco al dependiente:
- Dos pares, número 37 y 42, por favor. ¡Ah! y dos cervezas. Gracias-. Comienza, de nuevo, una maravillosa noche de bolos en "la San Francisco".
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