jueves, 18 de agosto de 2016

Recuerdos de "la San Francisco"



Sobre la Avenida Jiménez entre las carreras sexta y séptima en Bogotá se encuentra uno de los lugares más tradicionales de la ciudad y uno de los más importantes para los amantes de los bolos, la bolera San Francisco.

Allí todo es magia. Desde su entrada, que como la caverna en que Alí Babá guardaba sus tesoros yace en el fondo de una gruta, guardada por un puesto de empanadas y un aroma a humedad que a quien es asiduo visitante le acelera el corazón al tiempo que le congestiona la nar... ¡Un momento! Esto cambió. !Ya no huele a humedad, ya no se ve la pintura descascarada de hace 50 años, ya no está el puesto de empanadas y ahora hay una chica muy linda que invita a entrar al restaurante!

...

Mi memoria me lleva al pasado: unas escaleras viejas con un barandal en madera marcan el camino hasta un descansillo desde el que ya se puede vislumbrar el coqueto borde de una mesa clásica de billar y la asombrada exclamación muda de una rana plateada que yace expectante y hambrienta en su verde laguna poblada de huecos.

Solo es descender los últimos peldaños para escuchar el rumor cómplice de la madera que cubre el piso y nos recuerda el respeto que se le debe a tan histórico edificio. Uno, dos, tres pasos y detrás de una sucia columna que aún conserva vestigios de su primera mano de pintura, se ven llamativos murales de colores con exóticos escenarios de una Bogotá antigua y olvidada, un mueble en madera que recuerda un café santafereño, con sus copas durmiendo vacías boca abajo, las botellas incólumes ante el polvo y el paso del tiempo, y finalmente, allí, a lo lejos, justo enfrente, pulidas y ansiosas, las pistas de bolos en cuyo final se adivina una sombra tímida detrás de los diez pines o pinos ubicados en religiosa formación de punta de lanza; es decir, un valiente en cabeza, dos arriesgados que lo apoyan, tres que los siguen y cuatro que cubren la retaguardia, mientras dan la espalda al gigantesco abismo en el que inevitablemente caerán para descansar en el fondo, hasta el momento sublime en el que un ángel acalorado, de manos sucias y sudorosa camiseta los rescate para cruelmente volver a ponerlos como carne del cañón del parroquiano siguiente en lanzar.

La bolera San Francisco es considerada la más antigua bolera de Latinoamérica, y hace honor a su tradición al carecer de sistemas electrónicos. Allí el conteo es manual, las matemáticas olvidadas al salir del bachillerato vuelven a buscar su espacio en la memoria y los dedos, acostumbrados a escribir en computador son torpes al empuñar los lápices Berol Mirado No.2 con que se llenan las planillas de juego.

El olor a humedad impregna todo el lugar, no hay mucha ventilación pero el ambiente es rico en remembranzas. Pareciera que al voltear la cabeza para mirar la pista de al lado se fuera a encontrar con un cachaco de vestido, gabardina y paraguas o una señora levantando sus enaguas y caminando en puntillas para el approach.

Pero un grito de ¡chuza!, acompañado del veloz pase de tap que hacen los pinos al caer, hace volver a la realidad y mirar al dependiente, quien con una sonrisa pregunta cuántos pares de zapatos y en qué números debe alcanzar. ¿cuántos pies se habrán sumergido en ellos? ¿cuántos ganadores habrán impregnado con su sudor heroico esas plantillas tras una batalla campal -o lineal tal vez-?

- Dos pares, número 37 y 42, por favor. ¡Ah! y dos cervezas. Gracias-. Comienza una maravillosa noche de bolos en "la San Francisco".

...

Vuelvo al presente.

Ahora parece que "la San Francisco" se ha transformado en un hermoso restaurante. Mientras bajo las escaleras percibo que ya no hay olor a humedad y que ahora huele a presente prometedor, con un leve toque de pasado glorioso. Justo enfrente hay una tina de baño antiguo, llena de pinos que evocan épocas anteriores. El techo es amplio y bajo este hay una serie de mesas y sillas que forman un acogedor espacio. Hasta aquí se siente el aroma de las especias, el gusto sencillo del sazón que emana de la cocina.

Termino de descender y encuentro que el restaurante está dividido en ambientes, de una forma inconscien.... ¡Oh, Dios mío, todavía se conservan dos de las líneas de bolos! ¿Qué bien! ¡Me encanta! Es una excelente sorpresa que nos alegra la noche.

Nos sentamos y miramos la carta, mientras la mirada se concentra en quienes juegan, en sus lanzamientos y en cómo disfrutan. Los platos son sencillos, nada pretenciosos, platos sencillos a precios adecuados para cualquier bolsillo. Pedimos y esperamos. Poco después nos traen como entrada unos patacones en una taza antigua, una especie de pequeña bacinilla como de porcelana, como para guardar el toque de antaño. Muy ricos.

La comida estuvo bien, no es maravillosa pero tiene muy buen sabor, buena presentación y excelente servicio. La verdad no le presté mucha atención. No vine a eso. No vinimos a eso.

Lentamente, con ansía muy mal escondida me acerco al dependiente:

- Dos pares, número 37 y 42, por favor. ¡Ah! y dos cervezas. Gracias-. Comienza, de nuevo, una maravillosa noche de bolos en "la San Francisco".



Sí, soy un adicto ¿y qué?



Hernando es un adicto al deporte y su problema surgió desde su adolescencia. En esa época se reunía en las noches con sus amigos del barrio Castilla al suroccidente de Bogotá para disfrutar de los juegos que todos los niños de ese tiempo jugaban: yermis, soldado libertado, escondidas o cualquier otro que implicara correr, saltar, esquivar y todo eso que a cualquier menor le gusta, y desde allí, desde esa época es un adicto.

Hernando es un hombre de 32 años que trabaja como profesor en el departamento de Física de un colegio privado de la capital. Tiene un hijo de cuatro meses y una pareja estable con quien piensa formar un hogar en el corto plazo. Adora a su hijo y pasa con él la mayor parte de su tiempo libre, lo baña, lo viste, lo alimenta, lo consiente y espera sagradamente cada noche, entre semana, a que se duerma para partir a su casa.

Lo peor es que no quiere dejar su vicio. Hace dos años tuvo una molestia en el corazón, le diagnosticaron cansancio extremo y le prohibieron seguir "consumiendo", por lo que dejó su droga durante un mes, pero la adicción le pudo y recayó. Desde hace seis meses tiene un problema en el talón de Aquiles del pie derecho por la misma causa y a pesar de que sus amigos le han pedido en varias ocasiones que por su salud y bienestar la deje del todo, él sigue inconmovible.

Sin embargo, el fin de semana su afición lo trastorna y su comportamiento cambia completamente.

- Qué rico que hagas deporte-, dicen familiares y amigos. - Es una práctica sana-, dicen los médicos. La publicidad lo recomienda. Las campañas lo promueven. Pero ¿qué pasa cuando todo eso se deforma y se convierte en una droga?

Este tipo de adicciones casi siempre pasa desapercibida porque la mayoría de personas no reconoce los síntomas y por el contrario alientan la adicción, por lo que en realidad se sufren a escondidas. Lidia Santos, sicóloga, comenta: - Este tipo de vicios no ha sido muy documentado por la ciencia. pues parece no afectar en la misma medida en que los fármacos, los sicotrópicos o los alucinógenos; pero su efecto es más devastador, en la medida en que no hay un punto cumbre de la adicción, no "se toca fondo" sino que, por el contrario, todo el tiempo permanece escondido y va minando la salud y la vida intrafamiliar del adicto-.

Llega el sábado.

- Sábados y domingos sé que no cuento con él para nada. Desde las 6 de la mañana ya sé que va a estar en partidos de lo que sea, a veces es fútbol pero a veces son otros deportes. Uno lo llama al celular y no contesta, y la excusa es que estaba jugando. Hace un mes teníamos cita con la mamá de él para almorzar y apareció como dos horas después, en pantaloneta, sudado y cansado y nos tocó quedarnos en la casa. Y el próximo domingo el niño tiene control con el pediatra pero él ya dijo que ese día es la semifinal del campeonato y no puede faltar-. Son palabras de Catalina, su compañera y la madre de su hijo, con quien sufren por sus ausencias.

- Él rara vez llega tomado o algo así, pero a Arturo y a mí sí nos duele su ausencia, porque debería estar con nosotros todo el tiempo-.

Hernando forma parte del equipo de profesores del colegio en que trabaja, es integrante del onceno de la asociación de padres de familia del mismo colegio; disputa un campeonato de fútbol aficionado con un equipo de fútbol llamado Nissanrepuestos, una empresa que vende repuestos para automóviles; ha corrido la media maratón de Bogotá durante los últimos cinco años; estuvo en Bogotá 5k patrocinada por Nike; ha hecho en dos ocasiones el ascenso a la Torre Colpatria; con su grupo de amigos juega futsal en las noches de los sábados; monta bicicleta y además ha sido roller (patinador extremo) y ha practicado canotaje, rapel (descenso por cuerdas), canyoning (caminata extrema) y otras disciplinas más.

Esa es su vida. Él dice que lo hace para escapar de la rutina y crear otro mundo para sí mismo donde pueda olvidar sus errores, sus faltas, sus carencias y sus responsabilidades. Esa es su adicción y como en todos los adictos el principal problema es que no quiere dejar su droga. Esa misma que al tiempo que le da salud, poco a poco, lentamente, lo está matando.



Desahogo



Déjame decirte lo que pienso.

Déjame descargar este dolor.

Déjame vaciar mi humanidad y sentir que a medida que fluye por mis labios me voy deshaciendo de ella, como si escupiera el veneno que me corroe por dentro y arde en mi interior. Esa maldita humanidad, esos malditos sentimientos que me impiden vivir, vivir de verdad.

Déjame despojarme de todo. Déjame desocupar mi alma y poder escupir, y vomitar, y llorar, y mear, y cagar en la asquerosa, sucia y siempre complaciente faz de este mundo todo lo que me aqueja. Déjame. Maldita sea ¡DÉJAME!

Este dolor tan horrible que cuece mis entrañas, que hierve en hiel mi interior.

Se siente en el pecho, pero se reproduce como la mala semilla y llega a poblar todo, todo, todo, TODO en mí.

Es una sola punzada, repleta de miles de diminutos pellizcos en mi asquerosa alma. Esa misma que es como una mala comida, un canapé podrido que te intoxica y te tumba en cama con fiebre, malestar, dolor y la sensación de que vas a morir allí mismo... sólo que cuando se trata del alma esos síntomas son millones de veces peores.

La única solución que le puedes hallar es la muerte, porque no hay una maldita aspirina que te ayude. No hay paliativos. La muerte es la única salvación, el único camino, la única luz, la única esperanza, el único medio de deshacerte de tanto dolor, de tanta mierda.

Déjame.

¡Por amor de Dios, déjame desocuparme!

Quiero... que bella palabra. En un momento de éstos no la dices, la maldices, la escupes y se lleva un montón de roja y espesa sangre podrida y hedionda... y te descarga. En tus labios, al decirla, queda un hilillo de sanguaza colgando que con el revés de la mano lo puedes quitar y sacudirlo para la mierda.

Quiero... ¿En que iba mi cuento? Mi cuento eché en olvido... JAJAJA.

Quiero tantas cosas. Quiero tantas y tantas cosas...

Para qué nombrarlas, decirlas, pensarlas o siquiera quererlas, afirmo.

La mierda es una vida. Y la vida me sabe a mierda.

¿Para qué? me pregunto. COGITO ERGO SUMN - Pienso, luego existo. Pero no por pensar se es. El pensar te resta existencia, te disminuye la capacidad de vida.

Pensar.

Me mata pensar.

Pensar, Pensar; Pensar. Pensar: pen - sar... P E N S A R... PE NS AR...

¿PENSAR?...

¡PENSAR!

¡¡¡PENSAAAAAAR!!!

No quiero pensar más. Sólo quiero que me dejes exorcizar mis demonios.

Pero lo que realmente quiero es que un día, ojalá hoy, pueda vomitar mi alma, para que se estrelle enlodada, sucia y mancillada, y así poder pisotearla de nuevo, una... y otra, y otra, y otra, y otra vez.

Poder verla desaparecer lenta y estúpidamente en las grietas de un maldito andén resquebrajado mientras me retuerzo en el cemento frío y asqueroso de una callejuela estrecha en un barrio de mala muerte; con los ojos perdidos, la mirada extraviada, saliva mezclada con orín, barro y agua de charco escurriendo por mi boca, mi mentón y mi cuello; mis manos negras y llenas de tierra negra conteniendo la explosión graciosa de mi estómago; mi ropa raída, sucia y embarrada; mi cabello pegajoso, gris y pesado y mi cuerpo contraído regodeado en la crapulencia de ese feliz dolor; mientras río a mandíbula batiente con mi rostro en una retorcida mueca, mal émulo de una carcajada, con la risa inagotable, criminal, eterna, hermosa y sincera de un loco.



Orgasmo



Tan pronto vislumbré sus piernas morenas y bien torneadas un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sus caderas rebosaban alegría y movimiento y su cabeza inteligente se movía dando campo para que esos ojos vivaces devoraran en un instante todo el lugar.

Al observar su andar grácil, como una hermosa gacela en la pradera, supe que era con quien había soñado, supe que era justo a quien necesitaba.

Tantos días de incesante espera, tantas jornadas carentes de alegrías, tantos y tantos sueños frustrados o paliados con alegrías menores, llegaron a su fin con sólo verle caminar, correr y saltar con el júbilo propio de la adolescencia.

En sus ojos se veía la felicidad y la inocencia propias de su edad, pero su cuerpo maduro y ya desarrollado reflejaba la firmeza de la adultez.

Pronto estuvimos jugando en la hierba mientras el sol cálido abrasaba nuestros cuerpos casi desnudos y oscurecía nuestras pieles, para después caer sudorosos y agotados y tumbarnos sobre el verde césped.

En medio de esos juegos, en los que me concentré para descubrir cada uno de sus movimientos, cada exhalación, cada latir de su corazón, supe que enloquecería a cualquiera con las sacudidas rápidas de su pelvis; con esa cintura que como un rayo te llevaba de un lado al otro y te dejaba en el piso con la respiración acelerada y totalmente agotado por el esfuerzo; con todas las maravillas que esas piernas de contorsionista podían hacer y, sobre todo, con ese afán suyo fruto de su inexperiencia... ese afán de hacer que llegaras al momento cumbre; que todo ese juego previo culminara en el grito máximo; que se te escapara ese grito, que brotara de ti toda la energía y toda la alegría... que dejaras de contenerte y que brotara de ti todo, todo, todo, todo… TODO.

Y lo logró.

Pocos días después le vi hacerlo, vi cómo le hacía a otro lo que me había hecho a mí. Vi de nuevo todo su potencial en acción.

Desde lo lejos, sin que me viera en el momento, observé cómo iniciaba, cómo empezaba a moverse con lentitud, con calma, midiéndolo. Lo miraba a la cara, incitándolo, invitándolo, ofreciéndose. Inició con un movimiento sencillo de sus piernas, muy sencillo, un amague... al ver que surtió efecto, un rayo cruzó por su mirada y en su boca se dibujó una semisonrisa y sus caderas dibujaron una figura extraña... lo iba a enloquecer.

Contuve la respiración, mientras mi corazón latía acelerado, mi pulso aumentaba frenéticamente y mis piernas temblaban.

Se movía a toda velocidad, sudaba mucho y hasta donde yo estaba sonaba su respiración agitada, ya casi llegaba.

Al penetrar en la candente zona, que tantas veces antes nos había sido esquiva, frenó bruscamente, le sonrió de nuevo, le sonrió a aquel que ni siquiera pudo seguir su ritmo, y con un suave impulso y esa sutileza, esa casi ternura que le caracteriza culminó todo... el éxtasis sublime.

No aguanté más y mi garganta seca estalló, grité con todas mis fuerzas:

...

...

...

...

...

¡¡¡ GOOOOOOLL!!! ¡¡¡ GOLAZO!!!



Así es. Sí. Confirmado. Ese es el delantero que necesitamos, ese que siempre soñé descubrir.



Manifiesto de inconformidad de un colombiano



Como dice Piero: - Ay, país, país, país-. El país nos pasa por el lado y no queremos verlo y en medio de la crisis criticamos el lapsus linguae de algún extranjero. Vemos noticieros y creemos saber qué está pasando pero no nos cuestionamos su veracidad. Nos quejamos de la policía por el abuso de fuerza pero los cogemos a piedra y los provocamos, y los provocamos, y los herimos, pero los defendemos. Nos unimos a los campesinos pero nos quejamos porque bloquean las carreteras. Elegimos a nuestros gobernantes pero no les exigimos.

En realidad no queremos saber de nuestro país. No queremos apropiarnos de nosotros como pueblo. No queremos conocer nuestra historia, saber nuestra verdad y entender quiénes somos, cómo somos y qué podemos hacer.

Colombia no necesita que la salvemos porque Colombia está mejor sin nosotros. Quienes necesitamos ser salvados somos nosotros, los colombianos. Pero colombiano no es aquel que dice ser colombiano, no es el que asegura que todo lo colombiano es bueno, que ser colombiano es lo mejor del mundo, no es ese que dice que Colombia es una chimba; COLOMBIANO es aquel al que le duele la patria y conoce sus defectos y quiere que las cosas mejoren. Es ese que sabe que tenemos muchas carencias en todos los aspectos pero que al mismo tiempo entiende que reconocer el problema es el primer paso para resolverlo.

Y salvarnos es muy fácil: EXIJAMOS. Nosotros les entregamos el gobierno no para que nos gobiernen sino para que nos atiendan. Son nuestros empleados. Somos sus jefes. EXIJAMOS.

Queremos vivir: pues EXIJAMOS EL RESPETO A LA VIDA y no la quitemos.

Queremos salud; pues EXIJAMOS SALUD y no nos hiramos.

Queremos educación: pues EXIJAMOS EDUCACIÓN y respetémonos. Queremos la paz: pues EXIJAMOS LA PAZ y no hagamos la guerra.

Colombiano, en tus acciones, en tus pensamientos, en tu voz, en tus decisiones o en la ausencia de alguno de estos está nuestro destino. ¡ACTÚA!



Duda existencial



Era una noche oscura y brumosa por la que se deslizaba oscuramente la sombra de un caminante desvelado, sin sueño, desesperado por no poder dormir con suficiente calma. Estaba lívido. Blanco. Sin color. Todos los transeúntes desviaban la mirada de inmediato para no observar sus rasgos felinos ni su perfil animal, que lo hacían una criatura temible.

Las calles mojadas y embarradas se entretejían en una maraña de caminos, sendas y posibilidades que conducían a muchas partes. O quizá a ninguna. Pero, iluminadas por los gigantescos faroles, ofrecían a la vista del sujeto un espectáculo curioso, un sinfín de estelas de estrellas fugaces en la gigantesca cúpula azabache de la urbe.

Los pasos del ser sonaban con singular ritmo en los pequeños charcos que le guiaban en su caminar, a medida que sus zapatos negros de piel adquirían un tono gris por el barro que se les adhería con furia a cada nuevo paso dado.

En las aceras, humanos. Esperando. Fumando. Siguiendo su diario y normal vivir sin conciencia de la abominación que los acechaba. Humanos cautos y confiados en su racionalidad que permitía la explicación de los hechos más sobrenaturales y desafiantes de toda ley. Bares, tabernas y demás centros nocturnos emergían en la oscuridad con sus luces y el atronador sonido que de ellos brotaba como un grito lanzado al aire para decir a Hypnos que sus poderes ya no afectan, y que Morfeo ya no nos mece en sus brazos con la puntual liberalidad con que antiguamente lo hacía.

Una mujer, con un andar felino, cuidadoso y quebradizo, surgió gravemente de uno de aquellos centros. Su bello rostro expresaba la felicidad sinigual de la juventud. El licor le mantenía en el estúpido estado del absurdo, en el que todo es alegría, todos son amigos y no hay preocupaciones. Las miradas de los hombres la seguían, lánguidas unas y depravadas, otras, deseosas y suplicantes, absorbían su cuerpo y su fragancia como la aspiradora más potente. Bajo la patética lluvia, que más bien parecía derramada por una regadera de jardín, se encaminó al auto con pasos lentos e inseguros. Tambaleó. Durante minutos, que duraron horas por el cansancio, el trago y la lluvia se dirigió al parqueadero que, alejado de todo, se vislumbraba en campo abierto. El sonido de la llave en la cerradura del auto le provocó un nuevo acceso de risa, que tuvo por respuesta únicamente al eco inexistente de la soledad. La sombra se acercó con rápida lentitud. O con lenta rapidez.

La negrura de la aparición se la tragó, la envolvió en un espeso velo azabache que la asustó en gran medida. Al final del brazo, nervudo y pálido, se vislumbraba el arma que con alegría casi, apretaba entre sus dedos aquel que ante ella se encontraba; blanquecina, casi azul; con un brillo metálico que producía un miedo hierático por la semejanza que tenía con los sagrados puñales de los sacrificios al oscuro Mefistófeles.

La garganta de la mujer negó la posibilidad de un grito. Su lengua se mantuvo firme en su posición y no mostró el menor indicio de respuesta al requerimiento de su cerebro. El cálido resplandor de las luces de un Ferrari la bañó, al tiempo que le permitió ver las facciones hórridas del ser que la devoraba con la mirada propia de los maniáticos y de los enfermos mentales.

- ¡Por fin te encontré!! – Exclamó él en el colmo de la satisfacción, mientras por sus ojos se deslizaba con rapidez un resplandor, cual el del rayo.

Ella esperaba con paciencia el momento final sin moverse. Estática. Rígida. Inamovible. Temerosa. Presa del pánico y del miedo feroz que devora a quien ve ante sí las cuencas vacías del cerúleo rostro de Azrael.

El fuerte brazo se irguió, enhiesto, ante los ojos desorbitados de la joven. Lento. Tan poco natural, tan paciente. Era como si tuviese eones de tiempo para llevar a buen término su cometido.

Los ojos asustados de la muchacha estaban perlados de líquidas oraciones. Los brazos que instantáneamente renunciaron al movimiento, colgaban a los lados como símbolo de la rendición ante el fatal destino que le esperaba.

El puñal se debatía en el aire, peleaba contra la ley de gravedad en un esfuerzo por estar más arriba o por bajar con la fuerza que la locura imprime a las acciones más simples.

La única prueba del movimiento fue la luz de la luna que, caprichosa, se cernió y rebotó en la delgada hoja del arma. El único testigo fue un perro callejero que, aturdido, se alejó en medio de lloriqueantes ladridos. La única señal fue el espeluznante y terrible grito que la oscuridad amplificó sobremanera. Pero, el sonido sólo existe si hay alguien que lo pueda escuchar; por tanto aquel sonido brutal fue tan inútil como el árbol que cae en el bosque sin que haya quien oiga su caída.

El rojo sudor que se precipitó sobre la frente del asesino cayó en una cascada de finas líneas, que surcaron su rostro como la caricia de un río sobre el semblante pensativo del ermitaño que sacia su sed en él. Pobre. Su rostro expresaba la infinita tristeza por no entender el papel que Dios le había dado en el mundo.

- ¡¿Porqué he de ser yo quien las ha de matar?!, se preguntaba mientras trataba de encontrar la respuesta, una respuesta que tal vez ni en su propia muerte recibiría.



Amor verdadero



Siempre buscó el amor, incluso lo buscó en la sombra nocturna del fondo de sus ojos reflejados en el espejo del cuarto de estar de la casa señorial donde residía. Esos ojos de vacuo azabache, de mirada perdida de no-importa-nada, esos ojos que nada expresaban.

Su búsqueda se centró en la necesidad de descubrir una sensación nueva, algo que le obligara a llorar, a sentir la opresión en el pecho y las mariposas en el estomago de las cuales tantas veces oyó hablar y tanto ansió experimentar, pues en su círculo social siempre lo trataron como un fenómeno, como el sin-corazón; y lo golpeaban para después preguntarle en el tono brutal y desmedido del sarcasmo infantil: -¿Te dolió?, o ya mayor las tontas jovencitas respondían a sus requerimientos con ronroneante encanto, escupiéndole un sonoro: - ¿Salir contigo para qué? ¿Tú qué sabes del amor?

Y deseaba amar, deseaba sentir, en realidad lo quería, lo deseaba y rogó por ello durante tanto tiempo que sus lágrimas empezaron a aflorar, no por amor, como lo deseaba sino por la desesperación de ser incapaz de sentir, de vivir el amor con la entrega y la pasión que necesitaba. Habló con muchas personas, se relacionó con las mujeres más sensibles, los hombres más atropellados, los de las parrandas interminables, los de la bohemia suicida que ahogan en el alcohol las amadas y vitales penas de amor, los que desean sufrir y recuerdan una y otra, y otra y otra vez su decepción, su traición y su vergüenza.

Oyó la historia de amor de mil y una personas, quiso sentir compasión en algunos casos, quiso identificarse con otros, quiso llorar y quiso morir, quiso sufrir y quiso matar. Lo quiso pero no pudo. Quiso hacerlo en verdad, en verdad lo intentó, lo intentó muchas veces; tantas, que terminó odiando a todos. Triste. Su única emoción fue el odio. Odio hacia todas las personas sensibles, hacia los que podían experimentar el elevador supersónico de las emociones humanas, que lleva a las personas de la felicidad más alta y completa hasta la más humillante y baja de las penas.

Por ello, se aferró a esa emoción como a la tabla de salvación donde residía su último rastro de humanidad. Empezó a alejarse de los demás, quienes le veían dirigirse hacia los lugares más solitarios hablando consigo mismo y respondiéndose con la sabiduría del experimentado batallador en la interminable guerra que representa el amor. Esa sabiduría inexperta lo sostuvo por algún tiempo. Entretanto, el insondable abismo del reflejo de su alma se hacía cada vez más hondo, más inaccesible.

Fue cuando la vio por primera vez. Tal como la había imaginado. Resplandeciente en su níveo vestido nocturno, blanca ella como el vestido, blanco el vestido como la palidez que el rostro de él acogió orgulloso con una mueca sincera como si fuera la externa señal del amor que a su puerta tocó.

Bella. Pura. Con la altanería y el garbo propios de la hermosura infinita, con la paciencia inmortal que concede la perfección para observar a los mortales desde el pedestal olímpico donde sólo tan magnificente beldad puede residir. El azul cerúleo de sus ojos petrificaba y su imagen reflejada en el vítreo producto de la débil llovizna de una noche toledana lo embriagó.

Llegó a él en uno de sus solitarios diálogos consigo mismo, donde intentaba recordar con febril terquedad las amorosas cuitas de sus otrora compañeros y ahora odiados enemigos. Su llegada llenó de luz el negro bosque donde pasaba las horas inmerso en su tragedia y arrebató de un soplo la melancolía de la eterna espera por la sensación de amar. Era la respuesta a sus plegarias.

Sus ojos claros la miraron extasiados, sus manos se elevaron en gesto de agradecimiento al cielo por cumplir su anhelo. Su corazón latía desenfrenado cual galopar incontrolable de un caballo desbocado en una explanada virgen y su voz sólo pudo pronunciar en un sordo susurro: - Te amo -.

Ella se acercó con lentitud calculada y durante océanos de tiempo que transcurrieron gota a gota, llegó a él. La olió y la inhaló, la reconoció como suya; la respiró y cobro bríos. Estiró su mano y la acarició l e n t a m e n t e, hasta que esa misma mano, adormecida por el soporífero rozar se deslizó nuevamente junto a su pecho, al lado izquierdo.

Entretanto, ella bajaba su rostro para unirlo al de él. Fue sublime. Sus labios se juntaron en EL BESO. El beso que él esperó toda su vida, el beso que ahora sentía realizarse en un mítico momento de locura irreal, de veraz mentira, el beso que lo sumió en el letargo efervescente de la cálida sensación de un contacto oscuro y amargo, el beso con sabor semejante al veneno del áspid, amarga hiel; el beso que lo sumió en las sombras profundas, en el abismo insondable, en el vacuo azabache que alguna vez fueron sus ojos; unos ojos que se apagaron felices, felices de haber visto y sentido en el último soplo de su vida... el amor.

Murió feliz. Murió enamorado. Murió de amor. De amor por la muerte, su única salvación.



El pozo



¡Maldita noche! Se cernía sobre mí, me perseguía, me aprisionaba, me apabullaba. En ese entonces mi mente vagaba por sombríos recuerdos del pasado octubre, cuando me abandonó y me dejó sumido en la melancolía de la soledad, donde los fantasmas del recuerdo van tras las pocas fuerzas que en el alma, cansada y herida, quedan.

A pesar de estar embebido en tan oscuras y tormentosas meditaciones, la vacua obscuridad y el enloquecedor grito sepulcral y silencioso de la noche me apabullaba. Casi deseé oír y observar los mastines que comúnmente ladraban con isócrona melodía a quien se aventuraba por la zona que yo recorría intentando olvidar. Olvidar. Era un camino de herradura, rodeado por árboles de frondosa contextura, sobre protectores, majestuosos, imponentes y floridos; vivos, como yo no podría volver a estar. Las minúsculas piedrecillas que alfombraban el sendero saltaban vivaces al contacto de mi bota y alegremente rompían de cuando en cuando el monótono silencio que me subyugaba. La ausencia total –esa noche- de animales en los alrededores me maldijo con singulares y locos pensamientos que sin querer se convertían en diatribas, monólogos, diálogos o lo que sea, entre mi cerebro, mi corazón y mi alma.

Diciembre. Época cruel. Negras festividades. El viento hería mi rostro con singular bofetada y algunas gotas mojaban mis resecos labios calmando en muy poco el ardor febril de mi cabeza, que descontrolaba mis pasos y me alejaba del sendero tantas veces andado, a medida que me guiaba por desconocidos lugares, remotos caminos que entre más oscuros y sufridos más disipaban la débil atención que en ellos ponían mis sentidos.

Poco después de la medianoche la luna, silenciosa, muda testigo de mi desgracia se ocultó tras un velo gris oscuro, tal vez para evitar ver mi sufrir, tal vez para contribuir a acrecentarlo, y poco después se precipitó una lluvia incesante y monótona, quizá para lavar mi alma.

Súbitamente, oí un sonido mortal que rasgó la sepulcral monotonía y se convirtió en el mayor terror nunca antes por mí sentido. Como el ensordecedor fragor que despliega la ira divina de Zeus al cernir los dorados rayos que Hefestos forja para castigar las impías acciones de los mortales, latía en mi sien con un alocado ritmo. Pum, pum, pum. Latía. Lo oía dentro de mí. Latía. Pum, pum, pum. Ya no más. Siento que va a estallar. Pum, pum, pum. No más. Pum, pum, pum. Déjame en paz.

Corrí. Corrí como nunca lo había hecho, volé con el sobrenatural paso que da la adrenalina descargada por el pavor. Desgarré el manto negro que me cubría mientras las manos ásperas de los árboles cercanos me arañaban al impedir que mi velocidad aumentara.

Los múltiples rasguños por ellas infligidos minaron mi carrera, pero aumentaron el pánico que me perturbaba por lo que mis pies en su descuidado paso tropezaron con alguna maléfica roca, alguna inquieta rama que sobresaliendo del suelo puso zancadilla a mi furiosa huida.

Rápidamente, cual si hubieran previsto este tropiezo, mis manos acudieron en mi auxilio y presurosas volaron al encuentro del suelo para evitarme un golpe en la cabeza, pero una rama atravesada dobló mi cuerpo en dos y por la violencia elevó mis pies en el aire y llevó mis manos al vientre mientras mi cuerpo en vertical precipitación cayó. Cayó. Cayó.

Fueron horas de sepulcral silencio. Ausencia total de sensaciones. Visión nula. Espanto inconsciente. Vacío.

Cuando desperté de mi letargo sentí el mismo continuo pulsar de la sangre en mi sien que me enloquecía. Pumpum, pumpum, pumpum. Decenas, centenas, millares de pulsos por minuto que recorrían mi cabeza de palmo a palmo como un frenético ser que busca salir con prontitud del ataúd donde equivocadamente lo han aprisionado. Un mareo leve y molesto, acompañado por un zumbido en el interior de mi cabeza. Mi ropa se adhería a mis ateridos miembros como una gorda y asquerosa sanguijuela que quisiera introducirse en mis músculos.

Mi primer pensamiento fue serenarme y analizar rápidamente mi estado físico. Mi cuerpo en vertical posición, tenía como base el hombro izquierdo y la cabeza, que me dolía un poco pero estaba en perfecto estado. La incómoda posición de mi cuello me obligó a acomodarme mecánicamente. El pecho y la espalda estaban un poco encorvados, pero al cambiar de posición el cuello todo se arregló, momentáneamente. La cadera y las piernas se balanceaban suavemente, dejando en su vaivén minúsculas huellas líquidas, fruto de la copiosa lluvia nocturna que desde hace poco, y tan a tiempo había empezado. Mis labios recogieron un poco de este mitigador brebaje que me distrajo con su sabor, algo terroso y granulado por la tierra que lo acompañaba, asimismo húmedo y con un olor penetrante como de hierbas apisonadas.

Este paliativo elixir me despertó, avivó mis sentidos y centró mi cerebro en una terrible deducción: ¨Para donde sea que se muevan mis piernas siempre tropiezan con un sólido muro de tierra¨.

Me calmé. Mi corazón latía con violencia y su pálpito incesante me impedía pensar, razonar. Mis manos, que tamborileaban en mis muslos, buscaron con afán el espacio necesario para moverse y contribuir a mi salida de aquel pozo estrecho y profundo. Pero fue en vano, pues en cada tentativa, en cada palpación, a medida que presurosas recorrían el lugar, me daba perfecta cuenta de que estaba aprisionado, puesto que no conseguía llevar mis manos más allá del sitio donde se encontraban en ese instante, excepción hecha del movimiento circular o elíptico que la muñeca me permitía.

Aterrado. Loco. Febril. Un espasmo en mi brazo derecho me recordó la supremamente incómoda posición de mi cuerpo, debo describir mi situación para que puedan hacerse una idea de lo precario de la misma. Me encontraba en un agujero de aproximadamente 2½mts de profundidad, con una entrada casi perfectamente circular, cuyo diámetro era de poco más o menos 80cms. Mis pies se encontraban a más de medio metro de la superficie, mi cadera rozaba las paredes del lugar, mis hombros, un poco relajados se apretaban contra las mismas, mi cuello resistía todo el peso del cuerpo mientras a cada instante lo sentía ceder, y mi cabeza llena de tierra y barro me palpitaba, y las sienes me pulsaban sin cesar, y el latir de mi corazón era ensordecedor, y la vista se me nublaba y la sangre en mi cabeza me adormeció, me dejó exhausto y sin sentido en un instante.

Desperté. Mis ojos adormecidos se cerraron para acostumbrarse a la oscuridad del nicho en que me hallaba. De pronto sentí un golpeteó leve en mi rostro que me anunció que mi prisión se desmoronaba en torno a mí. No me alegré puesto que sabía que me encontraba en medio del suelo, y que a mi alrededor sólo encontraría tierra, arena y rocas.

Por demás, lo único que me preocupaba era salir de allí a como diera lugar, pero pronto empezó a apoderarse de mí el cansancio, que degeneró en una locura impetuosa. Arañé la arena contigua a mis manos hasta que las uñas se rompieron desde la mitad, los dedos en carne viva me ardían sobremanera y tenía tierra incrustada entre la uña y la carne.

Mis labios resecos se partían en crueles estrías que me dolían cual si fueran llagas ulcerosas, mientras mi lengua se humedecía con las saladas gotas que me regalaba el viento helado, cuyo mortal silbido podía oír como un paroxismo de nostalgia y sentimiento.

Poco a poco me sentí desfallecer, decaer lentamente, dejándome llevar por un sopor molesto que me absorbía y me impedía pensar. Mi cuerpo de cabeza, unido a mi desesperación, acrecentó mis latidos en forma desenfrenada. No podía pensar y mucho menos escuchar a mi alrededor por si acaso algún alma perdida como yo, se había aventurado por aquellos lares.

Océanos de tiempo se sucedieron a medida que mi esperanza de salir de allí se desvanecía con prontitud. Mis fuerzas se extinguían más y más a cada momento y el deseo de salir se transformaba en la decisión terca del loco que se empeña obstinadamente en una meta, que de antemano sabe irrealizable.

Mi mente, enfrascada en locos razonamientos utilizaba los rezagos de fuerza nerviosa y mental que me quedaban. Al transcurrir los minutos pude volver a pensar con claridad, lo que únicamente sirvió para hacer más desesperada mi situación puesto que recuperé mis sensaciones y con ellas mi dolor, y tuve conciencia de la estrechez del lugar, la soledad del emplazamiento del mismo, la tormenta que se acercaba, el aullido de los lobos en jauría desbandada y finalmente, el poder volver a sentir mi cuerpo sucio, adolorido y en mala posición.

Mis brazos gelatinosos se mecían adormecidos por los escasos centímetros que los separaban de los fangosos límites de mi prisión. Mi cuello se doblaba más. Era la misma horrible impresión de cuando se dobla una rama de árbol con las manos, a sabiendas de que entre más fuerza se haga más pronto se romperá. Sensación cierta, ya que era el peso de mi cuerpo, sumado a unas cuantas libras más por mi ropa mojada, el que en ese instante tan sólo mi cuello sostenía. Mi cadera, pelada y sangrante por las agrestes salientes del lugar, cedía al dolor y era para mí una preocupación más. Mis piernas izadas y dirigidas en muda súplica al cielo inclemente eran mi única protección ya que la lluvia golpeaba mis zapatos y el agua se deslizaba por la suela y caía a mi alrededor pero no toda sobre mí.

De pronto empecé a pensar que si llovía lo suficientemente fuerte, el agua no sería inmediatamente absorbida por la tierra y empezaría a copar mi prisión, de modo que en determinado nivel me ahogaría sin la menor posibilidad de luchar por mi vida, y aunque el instinto desate fuerzas descomunales e increíbles en personas comunes, dichas fuerzas nunca serían suficientes para sacarme de allí.

Al cabo de algún tiempo, tal y como lo esperaba, la lluvia se convirtió en un torrencial aguacero acompañado de furiosos rayos con los que la ira divina castigaba mi humanidad, ya de por sí bastante agobiada.

La parte anterior de mi cabeza ya estaba cubierta de agua, en tanto que me acomodaba de modo que mi nariz apuntara a la salida de aquella estrecha prisión, pensando ya en la necesidad de tener algún tiempo más de respiración en caso de que el nivel del agua llegara a aumentar.

Poco a poco, mi sentido del tacto me revelaba el incontrolable avanzar del agua, que ya copaba completamente la base del lugar donde purgaba mis penas y que ahora, poco a poco, se transformaba en juez de mis pecados y verdugo de mis actos.

El agua subía, y subía, y subía, Y SUBÍA, sin dar respiro a mis sensaciones, sin dar un tiempo a la reflexión, sin dejar lugar a pensar una salida, sólo subía. Todo ello aunado al encendido golpear del agua en el exterior, el canto gélido de las aguas en las hojas, el impetuoso céfiro aullando en las tinieblas, los dedos gráciles de las ramas agitándose, las diversas voces de los animales huyendo y aquel atómico estallido de los truenos confundido con el horrible latir en mi sien, que aún en medio de la locura que me llenaba no había cesado, me hizo estallar en llanto, un llanto redentor que me ligaba de nuevo a la vida y me proporcionaba fuerzas para luchar por ella.

Siempre me había preguntado cuál sería el rostro de la muerte, qué tan pálida o delgada se vería, si tendría ojos o no, o si sus cuencas vacías reflejarían el abismo del infinito al que nos conduce. Siempre me lo pregunté. En ese momento, en el irracional estadio en que se encontraba mi mente puedo decir que la muerte es barro. AGUA. TIERRA. Es húmeda, gredosa, oscura y asimismo tranquila, refrescante y relajante.

La sentí, la olí, la toqué, la viví, la observé y me miró a través de sus ojos de frío barro, de sus ojos húmedos, gredosos, oscuros, de sus ojos de abismo insondable, de sus ojos que reflejaban la eternidad vacua en que me iba a sumir, donde mis pecados serían reflexión, donde mis dolores me perseguirían, donde mi sufrir sería infinito, donde los tormentos de mi alma afligida se mantendrían incólumes, siempre recordándome mis angustias, mis pesares, mis penas, siempre haciéndome saber que no me abandonarían, que no me dejarían vivir, ni aún en la muerte, siempre riéndose de mí, burlándose de mi mal, de mi dolor, de mi saber, de mí, de mí. De mí.

Supe que no lo resistiría y decidí no morir. No ese día. No allí. Grité y maldije al creador. Lo maldije una y mil veces por su bondad, por su sabiduría. Grité lo más fuerte que pude, con todas mis fuerzas. No fue un grito de auxilio, fue un grito de perdón a mí mismo y más que nada un grito de liberación y de descanso.

Allí, en ese momento, llevado a mí por la acción divina del Creador en consecuencia por el perdón que me había concedido yo mismo, llegó el campesino que me rescató.