¡Maldita noche! Se cernía sobre mí, me perseguía, me aprisionaba, me apabullaba. En ese entonces mi mente vagaba por sombríos recuerdos del pasado octubre, cuando me abandonó y me dejó sumido en la melancolía de la soledad, donde los fantasmas del recuerdo van tras las pocas fuerzas que en el alma, cansada y herida, quedan.
A pesar de estar embebido en tan oscuras y tormentosas meditaciones, la vacua obscuridad y el enloquecedor grito sepulcral y silencioso de la noche me apabullaba. Casi deseé oír y observar los mastines que comúnmente ladraban con isócrona melodía a quien se aventuraba por la zona que yo recorría intentando olvidar. Olvidar.
Era un camino de herradura, rodeado por árboles de frondosa contextura, sobre protectores, majestuosos, imponentes y floridos; vivos, como yo no podría volver a estar. Las minúsculas piedrecillas que alfombraban el sendero saltaban vivaces al contacto de mi bota y alegremente rompían de cuando en cuando el monótono silencio que me subyugaba. La ausencia total –esa noche- de animales en los alrededores me maldijo con singulares y locos pensamientos que sin querer se convertían en diatribas, monólogos, diálogos o lo que sea, entre mi cerebro, mi corazón y mi alma.
Diciembre. Época cruel. Negras festividades. El viento hería mi rostro con singular bofetada y algunas gotas mojaban mis resecos labios calmando en muy poco el ardor febril de mi cabeza, que descontrolaba mis pasos y me alejaba del sendero tantas veces andado, a medida que me guiaba por desconocidos lugares, remotos caminos que entre más oscuros y sufridos más disipaban la débil atención que en ellos ponían mis sentidos.
Poco después de la medianoche la luna, silenciosa, muda testigo de mi desgracia se ocultó tras un velo gris oscuro, tal vez para evitar ver mi sufrir, tal vez para contribuir a acrecentarlo, y poco después se precipitó una lluvia incesante y monótona, quizá para lavar mi alma.
Súbitamente, oí un sonido mortal que rasgó la sepulcral monotonía y se convirtió en el mayor terror nunca antes por mí sentido. Como el ensordecedor fragor que despliega la ira divina de Zeus al cernir los dorados rayos que Hefestos forja para castigar las impías acciones de los mortales, latía en mi sien con un alocado ritmo. Pum, pum, pum. Latía. Lo oía dentro de mí. Latía. Pum, pum, pum. Ya no más. Siento que va a estallar. Pum, pum, pum. No más. Pum, pum, pum. Déjame en paz.
Corrí. Corrí como nunca lo había hecho, volé con el sobrenatural paso que da la adrenalina descargada por el pavor. Desgarré el manto negro que me cubría mientras las manos ásperas de los árboles cercanos me arañaban al impedir que mi velocidad aumentara.
Los múltiples rasguños por ellas infligidos minaron mi carrera, pero aumentaron el pánico que me perturbaba por lo que mis pies en su descuidado paso tropezaron con alguna maléfica roca, alguna inquieta rama que sobresaliendo del suelo puso zancadilla a mi furiosa huida.
Rápidamente, cual si hubieran previsto este tropiezo, mis manos acudieron en mi auxilio y presurosas volaron al encuentro del suelo para evitarme un golpe en la cabeza, pero una rama atravesada dobló mi cuerpo en dos y por la violencia elevó mis pies en el aire y llevó mis manos al vientre mientras mi cuerpo en vertical precipitación cayó. Cayó. Cayó.
Fueron horas de sepulcral silencio. Ausencia total de sensaciones. Visión nula. Espanto inconsciente. Vacío.
Cuando desperté de mi letargo sentí el mismo continuo pulsar de la sangre en mi sien que me enloquecía. Pumpum, pumpum, pumpum. Decenas, centenas, millares de pulsos por minuto que recorrían mi cabeza de palmo a palmo como un frenético ser que busca salir con prontitud del ataúd donde equivocadamente lo han aprisionado. Un mareo leve y molesto, acompañado por un zumbido en el interior de mi cabeza. Mi ropa se adhería a mis ateridos miembros como una gorda y asquerosa sanguijuela que quisiera introducirse en mis músculos.
Mi primer pensamiento fue serenarme y analizar rápidamente mi estado físico. Mi cuerpo en vertical posición, tenía como base el hombro izquierdo y la cabeza, que me dolía un poco pero estaba en perfecto estado. La incómoda posición de mi cuello me obligó a acomodarme mecánicamente. El pecho y la espalda estaban un poco encorvados, pero al cambiar de posición el cuello todo se arregló, momentáneamente. La cadera y las piernas se balanceaban suavemente, dejando en su vaivén minúsculas huellas líquidas, fruto de la copiosa lluvia nocturna que desde hace poco, y tan a tiempo había empezado. Mis labios recogieron un poco de este mitigador brebaje que me distrajo con su sabor, algo terroso y granulado por la tierra que lo acompañaba, asimismo húmedo y con un olor penetrante como de hierbas apisonadas.
Este paliativo elixir me despertó, avivó mis sentidos y centró mi cerebro en una terrible deducción: ¨Para donde sea que se muevan mis piernas siempre tropiezan con un sólido muro de tierra¨.
Me calmé. Mi corazón latía con violencia y su pálpito incesante me impedía pensar, razonar. Mis manos, que tamborileaban en mis muslos, buscaron con afán el espacio necesario para moverse y contribuir a mi salida de aquel pozo estrecho y profundo. Pero fue en vano, pues en cada tentativa, en cada palpación, a medida que presurosas recorrían el lugar, me daba perfecta cuenta de que estaba aprisionado, puesto que no conseguía llevar mis manos más allá del sitio donde se encontraban en ese instante, excepción hecha del movimiento circular o elíptico que la muñeca me permitía.
Aterrado. Loco. Febril. Un espasmo en mi brazo derecho me recordó la supremamente incómoda posición de mi cuerpo, debo describir mi situación para que puedan hacerse una idea de lo precario de la misma. Me encontraba en un agujero de aproximadamente 2½mts de profundidad, con una entrada casi perfectamente circular, cuyo diámetro era de poco más o menos 80cms. Mis pies se encontraban a más de medio metro de la superficie, mi cadera rozaba las paredes del lugar, mis hombros, un poco relajados se apretaban contra las mismas, mi cuello resistía todo el peso del cuerpo mientras a cada instante lo sentía ceder, y mi cabeza llena de tierra y barro me palpitaba, y las sienes me pulsaban sin cesar, y el latir de mi corazón era ensordecedor, y la vista se me nublaba y la sangre en mi cabeza me adormeció, me dejó exhausto y sin sentido en un instante.
Desperté. Mis ojos adormecidos se cerraron para acostumbrarse a la oscuridad del nicho en que me hallaba. De pronto sentí un golpeteó leve en mi rostro que me anunció que mi prisión se desmoronaba en torno a mí. No me alegré puesto que sabía que me encontraba en medio del suelo, y que a mi alrededor sólo encontraría tierra, arena y rocas.
Por demás, lo único que me preocupaba era salir de allí a como diera lugar, pero pronto empezó a apoderarse de mí el cansancio, que degeneró en una locura impetuosa. Arañé la arena contigua a mis manos hasta que las uñas se rompieron desde la mitad, los dedos en carne viva me ardían sobremanera y tenía tierra incrustada entre la uña y la carne.
Mis labios resecos se partían en crueles estrías que me dolían cual si fueran llagas ulcerosas, mientras mi lengua se humedecía con las saladas gotas que me regalaba el viento helado, cuyo mortal silbido podía oír como un paroxismo de nostalgia y sentimiento.
Poco a poco me sentí desfallecer, decaer lentamente, dejándome llevar por un sopor molesto que me absorbía y me impedía pensar. Mi cuerpo de cabeza, unido a mi desesperación, acrecentó mis latidos en forma desenfrenada. No podía pensar y mucho menos escuchar a mi alrededor por si acaso algún alma perdida como yo, se había aventurado por aquellos lares.
Océanos de tiempo se sucedieron a medida que mi esperanza de salir de allí se desvanecía con prontitud. Mis fuerzas se extinguían más y más a cada momento y el deseo de salir se transformaba en la decisión terca del loco que se empeña obstinadamente en una meta, que de antemano sabe irrealizable.
Mi mente, enfrascada en locos razonamientos utilizaba los rezagos de fuerza nerviosa y mental que me quedaban. Al transcurrir los minutos pude volver a pensar con claridad, lo que únicamente sirvió para hacer más desesperada mi situación puesto que recuperé mis sensaciones y con ellas mi dolor, y tuve conciencia de la estrechez del lugar, la soledad del emplazamiento del mismo, la tormenta que se acercaba, el aullido de los lobos en jauría desbandada y finalmente, el poder volver a sentir mi cuerpo sucio, adolorido y en mala posición.
Mis brazos gelatinosos se mecían adormecidos por los escasos centímetros que los separaban de los fangosos límites de mi prisión. Mi cuello se doblaba más. Era la misma horrible impresión de cuando se dobla una rama de árbol con las manos, a sabiendas de que entre más fuerza se haga más pronto se romperá. Sensación cierta, ya que era el peso de mi cuerpo, sumado a unas cuantas libras más por mi ropa mojada, el que en ese instante tan sólo mi cuello sostenía. Mi cadera, pelada y sangrante por las agrestes salientes del lugar, cedía al dolor y era para mí una preocupación más. Mis piernas izadas y dirigidas en muda súplica al cielo inclemente eran mi única protección ya que la lluvia golpeaba mis zapatos y el agua se deslizaba por la suela y caía a mi alrededor pero no toda sobre mí.
De pronto empecé a pensar que si llovía lo suficientemente fuerte, el agua no sería inmediatamente absorbida por la tierra y empezaría a copar mi prisión, de modo que en determinado nivel me ahogaría sin la menor posibilidad de luchar por mi vida, y aunque el instinto desate fuerzas descomunales e increíbles en personas comunes, dichas fuerzas nunca serían suficientes para sacarme de allí.
Al cabo de algún tiempo, tal y como lo esperaba, la lluvia se convirtió en un torrencial aguacero acompañado de furiosos rayos con los que la ira divina castigaba mi humanidad, ya de por sí bastante agobiada.
La parte anterior de mi cabeza ya estaba cubierta de agua, en tanto que me acomodaba de modo que mi nariz apuntara a la salida de aquella estrecha prisión, pensando ya en la necesidad de tener algún tiempo más de respiración en caso de que el nivel del agua llegara a aumentar.
Poco a poco, mi sentido del tacto me revelaba el incontrolable avanzar del agua, que ya copaba completamente la base del lugar donde purgaba mis penas y que ahora, poco a poco,
se transformaba en juez de mis pecados y verdugo de mis actos.
El agua subía, y subía, y subía, Y SUBÍA, sin dar respiro a mis sensaciones, sin dar un tiempo a la reflexión, sin dejar lugar a pensar una salida, sólo subía. Todo ello aunado al encendido golpear del agua en el exterior, el canto gélido de las aguas en las hojas, el impetuoso céfiro aullando en las tinieblas, los dedos gráciles de las ramas agitándose, las diversas voces de los animales huyendo y aquel atómico estallido de los truenos confundido con el horrible latir en mi sien, que aún en medio de la locura que me llenaba no había cesado, me hizo estallar en llanto, un llanto redentor que me ligaba de nuevo a la vida y me proporcionaba fuerzas para luchar por ella.
Siempre me había preguntado cuál sería el rostro de la muerte, qué tan pálida o delgada se vería, si tendría ojos o no, o si sus cuencas vacías reflejarían el abismo del infinito al que nos conduce. Siempre me lo pregunté. En ese momento, en el irracional estadio en que se encontraba mi mente puedo decir que la muerte es barro. AGUA. TIERRA. Es húmeda, gredosa, oscura y asimismo tranquila, refrescante y relajante.
La sentí, la olí, la toqué, la viví, la observé y me miró a través de sus ojos de frío barro, de sus ojos húmedos, gredosos, oscuros, de sus ojos de abismo insondable, de sus ojos que reflejaban la eternidad vacua en que me iba a sumir, donde mis pecados serían reflexión, donde mis dolores me perseguirían, donde mi sufrir sería infinito, donde los tormentos de mi alma afligida se mantendrían incólumes, siempre recordándome mis angustias, mis pesares, mis penas, siempre haciéndome saber que no me abandonarían, que no me dejarían vivir, ni aún en la muerte, siempre riéndose de mí, burlándose de mi mal, de mi dolor, de mi saber, de mí, de mí. De mí.
Supe que no lo resistiría y decidí no morir. No ese día. No allí. Grité y maldije al creador. Lo maldije una y mil veces por su bondad, por su sabiduría. Grité lo más fuerte que pude, con todas mis fuerzas. No fue un grito de auxilio, fue un grito de perdón a mí mismo y más que nada un grito de liberación y de descanso.
Allí, en ese momento, llevado a mí por la acción divina del Creador en consecuencia por el perdón que me había concedido yo mismo, llegó el campesino que me rescató.