jueves, 18 de agosto de 2016
Amor verdadero
Siempre buscó el amor, incluso lo buscó en la sombra nocturna del fondo de sus ojos reflejados en el espejo del cuarto de estar de la casa señorial donde residía. Esos ojos de vacuo azabache, de mirada perdida de no-importa-nada, esos ojos que nada expresaban.
Su búsqueda se centró en la necesidad de descubrir una sensación nueva, algo que le obligara a llorar, a sentir la opresión en el pecho y las mariposas en el estomago de las cuales tantas veces oyó hablar y tanto ansió experimentar, pues en su círculo social siempre lo trataron como un fenómeno, como el sin-corazón; y lo golpeaban para después preguntarle en el tono brutal y desmedido del sarcasmo infantil: -¿Te dolió?, o ya mayor las tontas jovencitas respondían a sus requerimientos con ronroneante encanto, escupiéndole un sonoro: - ¿Salir contigo para qué? ¿Tú qué sabes del amor?
Y deseaba amar, deseaba sentir, en realidad lo quería, lo deseaba y rogó por ello durante tanto tiempo que sus lágrimas empezaron a aflorar, no por amor, como lo deseaba sino por la desesperación de ser incapaz de sentir, de vivir el amor con la entrega y la pasión que necesitaba. Habló con muchas personas, se relacionó con las mujeres más sensibles, los hombres más atropellados, los de las parrandas interminables, los de la bohemia suicida que ahogan en el alcohol las amadas y vitales penas de amor, los que desean sufrir y recuerdan una y otra, y otra y otra vez su decepción, su traición y su vergüenza.
Oyó la historia de amor de mil y una personas, quiso sentir compasión en algunos casos, quiso identificarse con otros, quiso llorar y quiso morir, quiso sufrir y quiso matar. Lo quiso pero no pudo. Quiso hacerlo en verdad, en verdad lo intentó, lo intentó muchas veces; tantas, que terminó odiando a todos. Triste. Su única emoción fue el odio. Odio hacia todas las personas sensibles, hacia los que podían experimentar el elevador supersónico de las emociones humanas, que lleva a las personas de la felicidad más alta y completa hasta la más humillante y baja de las penas.
Por ello, se aferró a esa emoción como a la tabla de salvación donde residía su último rastro de humanidad. Empezó a alejarse de los demás, quienes le veían dirigirse hacia los lugares más solitarios hablando consigo mismo y respondiéndose con la sabiduría del experimentado batallador en la interminable guerra que representa el amor. Esa sabiduría inexperta lo sostuvo por algún tiempo. Entretanto, el insondable abismo del reflejo de su alma se hacía cada vez más hondo, más inaccesible.
Fue cuando la vio por primera vez. Tal como la había imaginado. Resplandeciente en su níveo vestido nocturno, blanca ella como el vestido, blanco el vestido como la palidez que el rostro de él acogió orgulloso con una mueca sincera como si fuera la externa señal del amor que a su puerta tocó.
Bella. Pura. Con la altanería y el garbo propios de la hermosura infinita, con la paciencia inmortal que concede la perfección para observar a los mortales desde el pedestal olímpico donde sólo tan magnificente beldad puede residir. El azul cerúleo de sus ojos petrificaba y su imagen reflejada en el vítreo producto de la débil llovizna de una noche toledana lo embriagó.
Llegó a él en uno de sus solitarios diálogos consigo mismo, donde intentaba recordar con febril terquedad las amorosas cuitas de sus otrora compañeros y ahora odiados enemigos. Su llegada llenó de luz el negro bosque donde pasaba las horas inmerso en su tragedia y arrebató de un soplo la melancolía de la eterna espera por la sensación de amar. Era la respuesta a sus plegarias.
Sus ojos claros la miraron extasiados, sus manos se elevaron en gesto de agradecimiento al cielo por cumplir su anhelo. Su corazón latía desenfrenado cual galopar incontrolable de un caballo desbocado en una explanada virgen y su voz sólo pudo pronunciar en un sordo susurro: - Te amo -.
Ella se acercó con lentitud calculada y durante océanos de tiempo que transcurrieron gota a gota, llegó a él. La olió y la inhaló, la reconoció como suya; la respiró y cobro bríos. Estiró su mano y la acarició l e n t a m e n t e, hasta que esa misma mano, adormecida por el soporífero rozar se deslizó nuevamente junto a su pecho, al lado izquierdo.
Entretanto, ella bajaba su rostro para unirlo al de él. Fue sublime. Sus labios se juntaron en EL BESO. El beso que él esperó toda su vida, el beso que ahora sentía realizarse en un mítico momento de locura irreal, de veraz mentira, el beso que lo sumió en el letargo efervescente de la cálida sensación de un contacto oscuro y amargo, el beso con sabor semejante al veneno del áspid, amarga hiel; el beso que lo sumió en las sombras profundas, en el abismo insondable, en el vacuo azabache que alguna vez fueron sus ojos; unos ojos que se apagaron felices, felices de haber visto y sentido en el último soplo de su vida... el amor.
Murió feliz. Murió enamorado. Murió de amor. De amor por la muerte, su única salvación.
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