jueves, 18 de agosto de 2016

Duda existencial



Era una noche oscura y brumosa por la que se deslizaba oscuramente la sombra de un caminante desvelado, sin sueño, desesperado por no poder dormir con suficiente calma. Estaba lívido. Blanco. Sin color. Todos los transeúntes desviaban la mirada de inmediato para no observar sus rasgos felinos ni su perfil animal, que lo hacían una criatura temible.

Las calles mojadas y embarradas se entretejían en una maraña de caminos, sendas y posibilidades que conducían a muchas partes. O quizá a ninguna. Pero, iluminadas por los gigantescos faroles, ofrecían a la vista del sujeto un espectáculo curioso, un sinfín de estelas de estrellas fugaces en la gigantesca cúpula azabache de la urbe.

Los pasos del ser sonaban con singular ritmo en los pequeños charcos que le guiaban en su caminar, a medida que sus zapatos negros de piel adquirían un tono gris por el barro que se les adhería con furia a cada nuevo paso dado.

En las aceras, humanos. Esperando. Fumando. Siguiendo su diario y normal vivir sin conciencia de la abominación que los acechaba. Humanos cautos y confiados en su racionalidad que permitía la explicación de los hechos más sobrenaturales y desafiantes de toda ley. Bares, tabernas y demás centros nocturnos emergían en la oscuridad con sus luces y el atronador sonido que de ellos brotaba como un grito lanzado al aire para decir a Hypnos que sus poderes ya no afectan, y que Morfeo ya no nos mece en sus brazos con la puntual liberalidad con que antiguamente lo hacía.

Una mujer, con un andar felino, cuidadoso y quebradizo, surgió gravemente de uno de aquellos centros. Su bello rostro expresaba la felicidad sinigual de la juventud. El licor le mantenía en el estúpido estado del absurdo, en el que todo es alegría, todos son amigos y no hay preocupaciones. Las miradas de los hombres la seguían, lánguidas unas y depravadas, otras, deseosas y suplicantes, absorbían su cuerpo y su fragancia como la aspiradora más potente. Bajo la patética lluvia, que más bien parecía derramada por una regadera de jardín, se encaminó al auto con pasos lentos e inseguros. Tambaleó. Durante minutos, que duraron horas por el cansancio, el trago y la lluvia se dirigió al parqueadero que, alejado de todo, se vislumbraba en campo abierto. El sonido de la llave en la cerradura del auto le provocó un nuevo acceso de risa, que tuvo por respuesta únicamente al eco inexistente de la soledad. La sombra se acercó con rápida lentitud. O con lenta rapidez.

La negrura de la aparición se la tragó, la envolvió en un espeso velo azabache que la asustó en gran medida. Al final del brazo, nervudo y pálido, se vislumbraba el arma que con alegría casi, apretaba entre sus dedos aquel que ante ella se encontraba; blanquecina, casi azul; con un brillo metálico que producía un miedo hierático por la semejanza que tenía con los sagrados puñales de los sacrificios al oscuro Mefistófeles.

La garganta de la mujer negó la posibilidad de un grito. Su lengua se mantuvo firme en su posición y no mostró el menor indicio de respuesta al requerimiento de su cerebro. El cálido resplandor de las luces de un Ferrari la bañó, al tiempo que le permitió ver las facciones hórridas del ser que la devoraba con la mirada propia de los maniáticos y de los enfermos mentales.

- ¡Por fin te encontré!! – Exclamó él en el colmo de la satisfacción, mientras por sus ojos se deslizaba con rapidez un resplandor, cual el del rayo.

Ella esperaba con paciencia el momento final sin moverse. Estática. Rígida. Inamovible. Temerosa. Presa del pánico y del miedo feroz que devora a quien ve ante sí las cuencas vacías del cerúleo rostro de Azrael.

El fuerte brazo se irguió, enhiesto, ante los ojos desorbitados de la joven. Lento. Tan poco natural, tan paciente. Era como si tuviese eones de tiempo para llevar a buen término su cometido.

Los ojos asustados de la muchacha estaban perlados de líquidas oraciones. Los brazos que instantáneamente renunciaron al movimiento, colgaban a los lados como símbolo de la rendición ante el fatal destino que le esperaba.

El puñal se debatía en el aire, peleaba contra la ley de gravedad en un esfuerzo por estar más arriba o por bajar con la fuerza que la locura imprime a las acciones más simples.

La única prueba del movimiento fue la luz de la luna que, caprichosa, se cernió y rebotó en la delgada hoja del arma. El único testigo fue un perro callejero que, aturdido, se alejó en medio de lloriqueantes ladridos. La única señal fue el espeluznante y terrible grito que la oscuridad amplificó sobremanera. Pero, el sonido sólo existe si hay alguien que lo pueda escuchar; por tanto aquel sonido brutal fue tan inútil como el árbol que cae en el bosque sin que haya quien oiga su caída.

El rojo sudor que se precipitó sobre la frente del asesino cayó en una cascada de finas líneas, que surcaron su rostro como la caricia de un río sobre el semblante pensativo del ermitaño que sacia su sed en él. Pobre. Su rostro expresaba la infinita tristeza por no entender el papel que Dios le había dado en el mundo.

- ¡¿Porqué he de ser yo quien las ha de matar?!, se preguntaba mientras trataba de encontrar la respuesta, una respuesta que tal vez ni en su propia muerte recibiría.



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